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lunes, 15 de marzo de 2010

El Despertar




EL DESPERTAR
 2



El teniente Scoot, un tremendo hombretón de pelo canoso y curtido en las calles, escrutaba con atención al detenido. Su mirada fría de color azul, parecía estar clavada en cada respiración o pestañeo de Alexander Johnson.
Scoot, arrugaba el entrecejo, hacia leves muecas... parecía querer sincronizarse con los sentimientos de aquel padre que aguantaba sobre sus anchas espaldas el peso de la ley, junto a lo que parecía el trago más amargo de su vida... 
Unos minutos después, el teniente asistió varias veces con la cabeza, meditando algo.
-No es él... -Susurró para sí.
Los llantos desconsolados y sin medidas... los llantos de un padre que llora con el corazón roto la muerte de un hijo, habían hecho que todos los agentes cesaran su actividad, no sin cierto recelo, claro.
La imagen era digna de fotografiar:
Una treintena de agentes de policía e investigación se aproximaban con timidez, formado un gran círculo alrededor del cuerpo sin vida de la joven y su afligido padre. Mientras tanto, Scoot seguía observando sin perder detalle desde una distancia prudencial.
                -Esta bien... llévenselo, –Ordenó el teniente, interrumpiendo aquel extraño acto- quiero a todo el equipo dentro de dos horas en comisaría...
Scoot parecía molesto, se aproximó a un joven e impecable agente de investigación.  
-Tom, llama al juez, tenemos que hacer el levantamiento del cadáver antes de que amanezca. No quiero a esos capullos de la prensa rondando por aquí. ¿Entendido?
-Sí Señor,  -respondió Tom casi de forma militar- ya habéis oído chicos, vamos, vamos no tenemos toda la noche...
El grupo de policías atendió las órdenes precisas del joven Sargento.
Alexander,  en un estado de locura transitoria, aprovechó el momento para desarmar por la espalda a uno de los agentes.
¡Sospechoso armado! -Vociferó con gran nerviosismo y voz entrecortada,  el agente que forcejeaba con Alexander Johnson, por la potestad de la Heckler plateada y su munición de 9mm.
Un disparo fortuito aumentó la tensión de todos, ambos cayeron al suelo mientras rodaban por un pequeño terraplén.
Varios agentes, desenfundaron sus armas afanándose en encontrar un blanco seguro.
                -¡No Disparen... no disparen! -Ordenó Scoot, mientras corría junto a otros compañeros para reducir al reo.
El rostro de Alexander estaba trasformado por la ira, sus ojos parecían estar inyectados en sangre... Al caer tuvo la suerte o la desgracia de hacerlo encima de la espalda del indefenso policía. Alexander estrelló su puño de forma violenta contra la nuca de su contrincante. El tremendo golpe, hizo que el policía perdiese la consciencia en el acto.  
Alexander asió el arma con firmeza y se giró apuntando al grupo de policías.
Scoot estaba a solo unos metros... la mano temblorosa del detenido le apuntaba directamente aún así, el teniente siguió con la misma decisión y velocidad.
                -No se acerque... le juro que dispararé, -Advirtió Alexander fuera de sí- no lo haga...
Alexander cerró los ojos y apretó el gatillo.
El eco del disparo aún estaba en el aire cuando le acompañaron el sonido de otros cinco disparos más...
Al abrir los ojos, Alexander pudo ver cinco orificios dibujados en su tórax por los cuales perdía la vida con rapidez. Varios efectivos le desarmaron, mientras comenzaron a prestarle los primeros auxilios.
Scoot estaba en el suelo, sus años de experiencia le hicieron lanzarse al suelo en el mismo momento que Alexander cerró los ojos.
-Joder por los pelos... –escupió Scoot malhumorado mientras se incorporaba.
Tom y varios policías se preocuparon por la salud del teniente.
                -Ha estado cerca señor... –Repuso Tom.
Uno de los policías que atendía al detenido alerto al teniente, un gesto negativo fue suficiente. Ahora padre e hija yacían en la misma tierra.
-Caso cerrado señor, -dijo Tom- tenemos su cartera y su coche en el lugar del crimen. Además la caja vacía de zapatos que encontramos en el maletero y las huellas corresponden con el mismo número de Alexander Johnson. Está clarísimo...  
-Para nada... –corrigió Scoot- esto sólo acaba de empezar, me temo que es más complicado de lo que usted supone.  Nada es lo que parece...

CONTINUARÁ...



jueves, 4 de febrero de 2010

El Despertar


Sinceramente, son dos los pilares que me unen a Él, respeto y admiración...
Para mí, es un ejemplo a seguir, en todos los sentidos...
Me refiero a nuestro excelente escritor y amigo: Rudy Spillman
No sé si soy digno, pero quiero dedicarle esta historia de suspense, a sabiendas de que quizá le pueda gustar leerla.




EL DESPERTAR
1

03:45 AM, Una llamada interrumpe mi sueño...
-Sí... ¿quién es? –dije, con desgana y los ojos aún cerrados.
-¿Alexander  Johnson? -Contestó una voz rígida y masculina
- ¿Quién es? Por Dios, ¡Son las cuatro de la mañana! – repuse, sin terminar de perder los nervios.
-¿Es usted familiar de Eva Johnson? -Me interrumpió, tajantemente.
Encendí la luz, presa de mis  peores temores y espabilé de golpe.
-Sí, soy su padre... ¿quién es usted? ¿Qué sucede?
-Será mejor que se asee un poco... –dijo aquel hombre antes de colgar el teléfono.
En ese momento el timbre de la puerta hizo gala de toda su potencia, emitiendo un sonido estridente y excesivamente largo, al que le siguieron tres algo más cortos. Esa forma de llamar me  provocó un estado de nerviosismo difícil de explicar, sin lugar a dudas algo muy malo había sucedido.
De un salto, salí de la cama, y me dirigí hacia la puerta de forma apresurada, ni siquiera caí en la cuenta... me encontraba como mi madre me trajo al mundo. Mi mente era un hervidero de malos augurios y preocupaciones.
Al abrir la puerta me encontré con cuatro agentes uniformados de la policía. Al parecer no les impresionó lo más mínimo que les recibiera completamente desnudo.
El más próximo habló: “Alexander Johnson, tiene que acompañarnos, -reconocí la voz de inmediato, era el tipo que me había despertado- está usted detenido...-Prosiguió- Tiene derecho a guardar silencio, cualquier cosa que diga o haga puede ser utilizada en su contra. Tiene derecho a que le asista un abogado, si no puede costeárselo, se le asignará uno de oficio...”
- Un momento... -Le interrumpí- ¿pero qué dice? ¿De qué se me acusa?
- Del asesinato de su hija...
Esas palabras me impactaron de lleno, fue como recibir una tremenda bofetada... un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
- ¿De qué habla? Mi hija... ¿mi hija está muerta?
El agente no respondió se limitó a mirarme de forma fría, como estudiando cada uno de mis movimientos y palabras.
Supe que tenía graves problemas...
-oh, mi hija, mi princesa, está muerta. –escupí, embargado por una ola consternación, rabia, impotencia e incredulidad, que crecían desmesuradamente retroalimentándose de mi amargura. Se formó un enorme nudo en mi estomago, tan grotesco que apenas me dejaba respirar. Mi cuerpo entró en una especie de parálisis involuntaria.
Tarde unos instantes en reaccionar... 
Después de leerme mis derechos, me acompañaron de vuelta a mi habitación y me invitaron a vestirme rápidamente.
Desistí de hablar más, cuándo mi quinta pregunta fue ignorada por completo, como las que realicé con anterioridad. Supuse que lo mejor sería permanecer con la boca cerrada y la mente fría.
Unos minutos más tarde, me encontraba esposado en la parte posterior de un vehículo oficial, camino a no sé dónde...
En aquellas horas intempestivas, el estruendo de la sirena parecía sonar el doble de lo habitual. Atravesamos la ciudad en sólo unos instantes y continuamos nuestro recorrido algunos kilómetros más. Hasta que el coche se desvió por una vieja carretera que atravesaba un pequeño paraje. Durante todo el trayecto, en el interior del vehículo reinó un inquietante silencio.
El conductor avisó por radio de nuestra inminente llegada.  De pronto se hizo visible un resplandor en mitad de una arbolada bastante desgarbada,  las luces provenían de una porción de terreno acotada por tres grades focos, que iluminaban el terreno intensamente. Una docena de vehículos oficiales rodeaban todo el perímetro, sus rotativos estaban conectados y los rítmicos destellos azules, sumado al ajetreo de todas aquellas personas me hicieron presumir que me encontraba en el lugar donde habían asesinado a mi hija.
El coche se detuvo.
Los policías descendieron y me escoltaron hasta un bulto que yacía inmóvil. Estaba arropado con una manta térmica de color plateado.
El corazón se salía de mi pecho... “no puede ser” me repetía una y otra vez, tiene que ser un error...        
Un gesto enérgico por parte de un policía, descubrió el rostro sin vida de Eva.
Mi mundo se desmoronó...
Me hinqué de rodillas en el suelo y vomité un tremendo alarido tan doloroso y amargo que su sabor rezumará en mi boca durante el resto de mi vida.


CONTINUARÁ...
   "LA LIMITACIÓN MÁS GRANDE DEL SER HUMANO RESIDE EN SU PROPIA MENTE."